Si hiciéramos una
encuesta con la pregunta ¿qué es lo que más teme? seguramente el “ranking” de
temores lo encabezaría el miedo a la muerte, ya sea en su manifestación directa
o indirecta enmascarada (como telón de fondo) en otros miedos como a lo
desconocido, a la decadencia, el cambio, a la vejez, al accidente, a la
enfermedad, etc.
Jiddu Krishnamurti formula y se formula una pregunta que
resulta capital para guiar a la comprensión que, en realidad, no es la muerte a
lo que tememos. Ese interrogante es: “¿Tenemos miedo de un hecho o de una idea
acerca del hecho? ¿Tenemos miedo del hecho de la muerte o de la idea de la
muerte?”. El mismo Krishnamurti responde: “ El hecho es una cosa
y la idea es otra. ¿Tengo miedo de la palabra “muerte” o del hecho en sí? Como
tengo miedo del vocablo, de la idea, nunca encaro, nunca comprendo el hecho, no
estoy jamás en relación directa con el hecho. Es tan sólo cuando estoy en
completa comunión con el hecho que el miedo no existe. Más si no estoy en
comunión con los hechos, entonces tengo miedo; y no hay comunión alguna con el
hecho mientras yo tenga una idea, una opinión acerca del hecho. Si estoy cara a
cara con el hecho, nada hay que comprender al respecto: el hecho está ahí y
puedo habérmelas con él. Más si me da miedo la palabra, tengo que entenderla,
penetrar todo el proceso de lo que implica la palabra, el término”.
El hoy es aquel mañana tan temido del pasado. Con
alegría, por darse cuenta, un hombre me dijo: “Me pasé la mayor parte de mi
vida preocupándome por cosas que nunca sucedieron”. Cuando uno enfrenta los
hechos tal cual son, los descubre y está en comunión con ellos, el temor se
disipa y los prejuicios se diluyen.
Vivir aterrados porque nos vamos a morir es una forma de “no
vivir” por temor a no seguir viviendo. O con otras palabras es una manera de
estar muertos en vida por temor a morirnos.
Fénelon reflexionaba: “Si la muerte está el que no está
soy yo. Si el que está soy yo, la que no está es la muerte. Así porque temerle”.
En el exigente y, al
mismo tiempo, fascinante oficio de vivir, la muerte constituye su corolario y
consecuencia. El modo de morir guarda fidelidad con el modo en que transitó la
existencia.
Cuando tenía 85 años- 2 años antes de fallecer- mi abuelo
paterno hizo un infarto de miocardio con el que estuvo al borde de la muerte.
En forma intuitiva mi abuela le efectuó un masaje cardíaco que ayudó a
reanimarlo. Cuando volvió en sí exclamó: “Yo no sé si lo que viví fue la muerte
pero si es así ¡ qué hermosa es!”.
Este abuelo fue una bellísima persona que supo irradiar e
nosotros alegría de vivir, con al simplicidad y rusticidad propia del hombre de
campo.
“Un día bien vivido
determina un gozoso dormir. Una vida bien vivida determina un gozoso morir”. Leonardo Da Vinci.
La
reflexión de hoy fue tomada del libro:
Paradojas
Existenciales: verdades que parecen mentiras.
Autor:
Gabriel Jorge Castellá

